Poema
Hipoteca del alma
Vendí tus besos,
lo último que me quedaba de ti,
como se venden los restos de un incendio
cuando ya no queda casa,
ni hogar, ni fuego.
Mi alma, esa ya no era mía:
la había empeñado al mismo demonio
una noche sin estrellas,
cuando tus silencios dolían más que tus gritos.
Ambos —alma y beso—
se encontraron en esa pared
que pinté del color de los recuerdos,
ese gris sucio que huele a humedad y abandono,
donde los retratos se cuelgan para morir despacio.
Lloré sangre,
porque las lágrimas se habían secado
como se secan los ríos que olvidan su cauce,
y me quedé mirando el vacío
sin la absurda esperanza de olvidarte,
porque olvidar es un lujo
que los condenados no pueden pagar.
Y aquello que vendí,
lo volví a comprar al precio más alto:
con horas rotas,
con noches donde el insomnio
es un animal que me respira en la nuca.
Y fue la tristeza
—vieja usurera sin rostro—
la que dictó el tipo de interés,
sumando deudas de pasado y cicatrices,
como si el amor
hubiera sido siempre
una transacción en la moneda del dolor.